El apartado "Estelas Discoidales Vascas" es un extracto del libro "Estelas Discoidales de Euskal Herria" de Pedro Zarrabeitia. Editorial Pamiela (2011).

Para ver mejor los detalles de los grabados abrir las imágenes a pantalla completa.



jueves, 8 de octubre de 2015

Cruces Funerarias Vascas


Bazkazane 2007 (NB)


La Cruz después de la estela


La estela discoidal desaparece prácticamente de los cementerios de la Euskal Herria peninsular a partir del siglo XVI, excepto en algunas localidades fronterizas de este lado de los Pirineos, influidas, sin duda, por las costumbres del otro lado de la muga. En la parte norte del País, Iparralde, a partir de esa fecha y especialmente en los siglos XVII y XVIII, este monumento funerario alcanzará una proliferación de miles de ejemplares, algo totalmente sorprendente y sin comparación con otros lugares de Europa.
En paralelo a esta extraordinaria producción, aparece durante el siglo XVII, y  en los mismos lugares, una variante de la forma discoidal que coexiste con ella durante esos dos siglos, y que indica ya la futura evolución del empleo de los monumentos funerarios: la cruz de piedra grabada. De hecho, aunque durante estos dos siglos su proporción frente a la estela redonda no superará el 10%, acabará mandando en el siglo XIX a las discoidales a los rincones de los cementerios, cuando estos se llenan de lápidas y panteones presididos por una cruz lisa de mármol.

En estas variantes primerizas, estela-cruz, se seguirá utilizando la misma piedra, las mismas dimensiones, el mismo pie enterrado en la tierra, algunos símbolos similares en sus grabados y, probablemente, los mismos canteros que las estelas tradicionales. Lo que no podrán sustituir nunca será el verdadero sentido misterioso y trascendente de las hilarriak (piedras de los muertos) y de sus signos grabados desde siglos atrás en función de su forma circular, que no dejarán de recordar su origen pagano. Seguramente en esta sustitución progresiva influyó el fuerte resurgimiento del catolicismo en Francia y su implantación forzosa tras el largo período del protestantismo en la región, y la irrupción de la escritura en las lápidas funerarias, facilitada en gran manera por las formas rectas  de la cruz en lugar de las curvas de la estela discoidal.


Santa-Grazi (Z). "Ritos funerarios en Vasconia" (Etniker)
Transición 1. La forma

Estos intentos de imposición de la cruz sobre la forma tradicional de la estela dieron lugar a diversas variantes alejadas de la uniformidad, porque en este caso no existía una tradición secular del uso de la cruz en los enterramientos como la hubo con la estela discoidal desde antes de nuestra era. Así podemos ver desde formas circulares con los brazos de la cruz saliendo del círculo a cruces sencillas, cruces con protuberancias decorativas por todos los lados, cruces de pies divergentes y hasta cruces con amplios faldamentos ondulados. Ninguna de estas variantes  prevaleció en el tiempo y al llegar el siglo XX dejaron paso a las cruces rectas de mármol a la cabeza de las lápidas y panteones.



Mendibe (NB)

Transición 2. El Crucificado

La figura de Cristo crucificado es poco frecuente en las estelas discoidales del País Vasco, en las que aparece unas veces sin cruz y otras en proporciones tan reducidas que cuesta identificarla. Indudablemente esta figura encuentra su lugar apropiado y su pleno significado en la cruz de piedra. De nuevo aquí se da una falta de uniformidad absoluta, se recurre a sencillas figuras del románico o gótico tomadas de las iglesias y cruceros, dada la dificultad para los canteros de reproducir la figura de Cristo conforme a los cánones barrocos de la época, y no dejan tras de sí más que unas escasas manifestaciones repartidas indistintamente por los tres territorios de Iparralde.


Transición 3. Los motivos decorativos

La forma de la cruz condiciona los motivos decorativos. Como queriendo indicar que la nueva piedra funeraria es simplemente un nuevo soporte que sustituye a la estela discoidal, el cantero graba nuevas cruces dentro de la cruz y sigue utilizando los símbolos tradicionales de las estelas que las rodean: hexapétalas, lauburus, círculos de radios rectos y curvos, motivos vegetales y elementos decorativos geométricos rellenan el espacio en trabajos de talla cada vez más refinada, no faltando las protuberancias o semiesferas en el canto  y, en las más modernas, las custodias y los corazones. Salvo raras excepciones desaparecen de la iconografía las representaciones de la figura humana, los animales y los utensilios de los oficios. Todo indica que la razón de ser y la misteriosa simbología de las viejas estelas discoidales ha pasado a la historia y que se tiende a presidir los nuevos enterramientos con monumentos más artísticos que simbólicos y con la fecha y el nombre de los finados.


Altzabeheti (Z)







Lekorne (L)

Transición 4. Nombres y fechas

Indudablemente uno de los factores que contribuyó a la utilización de estas cruces de piedra fue su predisposición para facilitar a los canteros las inscripciones de nombres y fechas. Para ello aprovecharon los dos brazos de la cruz en toda su extensión encabezando muchas veces el texto con el monograma IHS. Se siguió usando la misma grafía que en las estelas discoidales.
Estas fechas y nombres esculpidos nos han dado a conocer la datación de estas monumentos funerarios, cosa difícil de discernir muchas veces en las estelas discoidales, y a saber los nombres y apellidos de la gente de aquel tiempo, la mayoría de ellos euskaldunes.





Anhauze (NB)
Dibujos

En las cruces de piedra, así como en las estelas discoidales, el deterioro producido por siglos de intemperie es evidente. Las roturas debidas a los cambios de temperatura, la erosión causada por los agentes atmosféricos, la incrustación de hongos, musgos y líquenes hacen  que sus grabados sean, muchas veces, indescifrables a simple vista o incluso a través de la fotografía. Buscar la hora adecuada para que el sol resalte el relieve, utilizar papel de calco o incluso un trozo de greda para destacar los dibujos, mirar a través de una lupa o, lo que es lo mismo, estudiar la fotografía en la pantalla del ordenador, son recursos que se emplean para interpretar los textos y visualizar símbolos que de otra forma pasarían desapercibidos.
A continuación se incluyen varios ejemplos de cruces de difícil visión, pero de evidente interés y belleza, coloreadas con el fin de que se vea de forma clara el dibujo de sus grabados.



Pagola (Z)


miércoles, 4 de junio de 2014

Estelas Discoidales Vascas. 15 - Estelas de hoy (final)


Jardín de las Estelas. Abaurregaina (N) 2010. Pedro Zarrabeitia

Con algunas excepciones, como en los cementerios de Etxalar y Urruña,  la estela discoidal desapareció del mapa de Euskal Herria durante el siglo XIX, debido seguramente a los aires de ilustración y gustos refinados de esa época, que consideraron a la estela como un elemento tosco y primitivo y trajeron a los cementerios la moda del mármol y las esculturas piadosas que todavía perduran. A lo largo del siglo XX se inició un lento proceso de recuperación que ha ido salpicando de nuevas estelas los cementerios, especialmente en las grandes capitales y pueblos importantes.

En este proceso podríamos destacar tres factores que lo explican y que de alguna manera determinan el estilo y la decoración de las nuevas estelas: el nacimiento de los partidos nacionalistas a primeros de siglo, con la visión nostálgica del pasado y la necesidad de señas propias de identidad; el fin del franquismo y los años de dictadura, con el resurgir del sentimiento vasco de los años sesenta; y los tiempos actuales, con nuevos planteamientos de urbanismo y arte moderno. A todo ello contribuye, sin duda, el progresivo conocimiento de la existencia e importancia del arte funerario vasco, como patrimonio cultural del país, dado a la luz por investigadores como Frankowski, Colás y Barandiaran.

Estos factores han generado unos estilos de decoración diferentes, que aunque surgidos en épocas distintas, han acabado coexistiendo y que han dado lugar a tres tipos de estelas bien diferenciadas.

En primer lugar, aparecen las estelas nostálgicas o fruto de una etapa de imitación, en la que se busca reproducir los modelos tradicionales de las estelas antiguas. Las encontramos normalmente en los cementerios de Iparralde, coexistiendo con estelas antiguas, cruces y tumbas modernas. Realizadas con dimensiones y material parecidos, a veces es difícil distinguirlas de las originales.

En segundo lugar, están las estelas modernas o de lauburu, en las que este símbolo, aceptado socialmente como la cruz vasca, acapara la mayoría de las nuevas tumbas, en compañía de palomas en vuelo y otras alegorías, que poco tienen que ver con el espíritu y la estética de las viejas estelas. De grandes dimensiones, asociadas por lo general a panteones familiares, destacan en las avenidas de los grandes cementerios y en las ampliaciones ajardinadas de los antiguos.

Es interesante constatar lo que ha ocurrido con el lauburu a lo largo de los años. Este símbolo, que se incorporó a la decoración de las estelas funerarias en el siglo XVII, generado a través de una síntesis de figuras astrales de la antigüedad, como la esvástica curvilínea y las comas, se convirtió posteriormente en el motivo por excelencia utilizado por la artesanía vasca en todo tipo de mobiliario o utensilio tradicional. Pequeñas estelas de piedra o de madera con su lauburu grabado son hoy en día objeto de regalo o souvenir. Después de ser entronizado como uno de los signos de identidad preferidos por el nacionalismo vasco, ha terminado volviendo a los cementerios y llegando a ser la nueva cruz, específicamente vasca, de los modernos enterramientos.

Aún reconociendo el sentir religioso y la impronta vasca de estas estelas modernas, muchas de ellas no dejan de ser una especie de caricatura de los antiguos monumentos. Lo que nació hace más de 2000 años como una imagen del sol o de la luna, que quedaba atrapada en el juego de luces y sombras de su bajorrelieve, pleno de simbolismos misteriosos, ha pasado a ser un disco delgado de mármol o de granito pulido donde la luz rebota y las imágenes, la mayoría de las veces de un gusto amanerado, transmiten el mensaje de una cierta ostentación, dentro de un rito funerario de consumo.

En tercer lugar, tenemos las estelas de la etapa escultórica, en la que la estela discoidal pasa a ser fuente de inspiración para el mundo del arte y posibilita la creación de obras importantes, de la mano de escultores como Oteiza, Chillida, Basterretxea, Larrea, etc., que ahondan desde un punto de vista conceptual en el significado trascendente de las estelas. Las encontramos en lugares públicos y museos y cumplen una importante función como reconocimiento y memoria cultural de una de las actividades artísticas más señaladas de nuestros antepasados.

Jardín de estelas

Los nuevos cementerios-jardín, propuestos por algunos ayuntamientos en las ampliaciones y reformas de sus antiguos camposantos, facilitan y promueven la implantación de las nuevas estelas -no olvidemos la labor llevada a cabo en Iparralde por la asociación Lauburu de Baiona- y constituyen una idea acertada para las pequeñas localidades, donde las antiguas estelas pueden también situarse en un lugar adecuado en zonas ajardinadas y ser objeto de una adecuada vigilancia y mantenimiento. Buen ejemplo de ello son los cementerios de Aurizberri, Bidarrai, Arrangoitze, Jatsu, etc. Ahora bien, esta idea no parece que se pueda llegar a aplicar en las grandes poblaciones, donde, debido a los problemas de espacio y funcionalidad, se camina progresivamente en el sentido contrario, esto es, hacia cementerios-estanterías con interminables hileras de nichos numerados, entre calles de cemento.

Pero lo que tiene más interés no es la ubicación de las nuevas estelas discoidales o el futuro de los cementerios, sino el de las más de 5000 estelas antiguas, que constituyen un  patrimonio único y que de alguna manera habría que preservar y dar a conocer, primero en el País Vasco y luego internacionalmente. Al parecer, el sistema de museos actual no es el idóneo para tal empeño. Debido a las dificultades de su exposición por problemas de espacio, iluminación y peso, espléndidas colecciones de estelas de todo Euskal Herria permanecen guardadas en sus almacenes y, salvo unas pequeñas muestras, la gran mayoría no son accesibles al público.

Centros de interpretación

Puede ser más interesante para su futuro la propuesta ya presentada en algunas localidades bajo la forma de Jardines de Estelas o Centros de Interpretación. Tanto el Jardín de Estelas de Abaurregaina, con su arriesgada desproporción y des-integración con el entorno, como el Centro de Interpretación de Estelas de Larzabale, con las estelas bajo techo y alineadas entre barrotes, ofrecen soluciones novedosas en instalaciones posibles de este tipo, pero no muy convincentes desde el punto de vista de una aproximación viva y natural al mundo de las estelas, aunque su intención sea apreciable y el esfuerzo realizado importante. Sin pecar de nostálgicos, recordamos la antigua localización de esta última colección de Larzabale en el bosque de la Abadía de Belloc y la pequeña joya del cementerio antiguo de Irulegi. Lo ideal sería conseguir que las estelas pudieran estar dispuestas en un entorno natural, sobre tierra, visibles por ambos lados con la debida orientación, en zonas extensas pero acotadas, adecuadamente conservadas, un poco al estilo del precioso cementerio-museo de Arrangoitze, pero sin cementerio.

Quizá este nuevo planteamiento, desarrollado a un nivel más amplio, un Centro por Territorio, y con los suficientes recursos, podría crear la  infraestructura necesaria y la base organizativa suficiente para acometer posteriores tareas de catalogación, recuperación de piezas, localización de nuevos ejemplares, convocatoria de congresos, reconocimientos internacionales, etc. El enorme patrimonio arqueológico, etnológico y artístico que suponen las miles de estelas discoidales, elaboradas a lo largo de dos milenios por uno de los pueblos más antiguos de Europa, así lo está exigiendo.




martes, 3 de junio de 2014

Estelas Discoidales Vascas. 14 - Estelas con enigma


Estelas de Haranbeltz (NB) 2010. Pedro Zarrabeitia


La estela discoidal es uno de esos enigmas que no acaban de ser desentrañados por los etnólogos y arqueólogos. Al misterio mismo de su forma, origen y procedencia, hay que añadir su inexplicable aparición y desaparición a lo largo de la historia, su errática distribución en la Europa Occidental y su extraña fijación final en torno a los Pirineos.

Se ha hablado y escrito mucho de la interpretación que los distintos investigadores han dado a la forma de la estela. Símbolo solar, representación antropomórfica o arte conmemorativo, han quedado como hipótesis no demostradas, pero válidas, para acercarnos a su conocimiento y comprensión. A los círculos, ruedas, hexapétalas y estrellas de sus grabados se les ha llamado signos solares y a las cruces de todo tipo signos religiosos. No nos vamos a detener aquí en la confusión que generan las diferentes denominaciones e interpretaciones atribuidas a estos símbolos por distintos autores. Existe una idea bastante clara de la utilización y simbología de los motivos cristianos, pero siempre nos quedará la duda de la verdadera explicación de la utilización repetitiva de determinadas formas geométricas, atribuidas a la simbología astrológica, como esvásticas, cruces precristianas, ruedas, pentalfas, estrellas de David o nudos de Salomón, tan apreciadas por las versiones esotéricas de lo misterioso.

La mayoría de las inscripciones, sean letras o números, son casi siempre más fáciles de descifrar para los expertos y no plantean más incógnitas que las de una posible falta de lectura correcta, por las dificultades debidas al desgaste o a los errores de trascripción de los canteros, que en algunos casos las convierten en verdaderos jeroglíficos.

Por otro lado, la atribución a los difuntos de diferentes oficios según las herramientas que aparecen en las estelas, es un terreno bastante indefinido, donde surge a veces más de una incógnita. Se da por hecho que los instrumentos de hilar representan a una mujer hilandera y las llaves a una ama de casa o guardiana de una iglesia. Son los únicos instrumentos de oficios de mujer que aparecen en las estelas. Pero, ¿no existían más oficios de mujer durante la Edad Media?

En cambio, los oficios de varón son más numerosos y definidos: el podador de viñas, el labrador, el herrero, el zapatero, el cazador, el cantero, etc. son ocupaciones clásicas de esa época en un medio rural y así están abundantemente representadas, pero ¿cuántos otros trabajos han quedado sin dedicatoria a lo largo de cientos de años? ¿Cómo es que nadie dedicó una estela a los músicos, artesanos, comerciantes, escribanos, joyeros y cien oficios más? ¿No existirían, en la inclusión de algunos de tales símbolos, códigos desconocidos hoy para nosotros, relacionados con el rito funerario y el sentido religioso y místico de aquellos tiempos?.

Y qué decir de los extraños pájaros sin patas de las estelas de Lekuine, Makea y otros lugares; y de las mujeres danzantes de Ligi-Atherei y Lexantzü; y de la dificultad que siempre plantea la interpretación de la casi todas las estelas con presencia humana que hemos visto en capítulos anteriores.

Por fin, existen otra serie de dibujos y signos en las estelas discoidales que las convierten en documentos realmente enigmáticos o de difícil interpretación. Son grabados de objetos o signos no fácilmente reconocibles, bien por ser imaginados bajo parámetros que se nos escapan, bien por ser deformaciones provocadas por imitaciones poco cuidadosas de canteros ignorantes o bien debido a variaciones buscadas por la fantasía de los propios artesanos.

Curiosas deformaciones de los monogramas de Jesús y María. Extraños signos que se entrelazan y que parecen complicados jeroglíficos alejados aparentemente de toda simbología funeraria cristiana. ¿Hay letras o números entre ellos? Dibujos geométricos incompletos o dislocados. ¿Podemos pensar que puede haber otra interpretación aparte de la simple torpeza de los canteros?

La llamada cruz de San Andrés o aspa, no muy frecuente en las estelas de Euskal Herria, es un signo empleado en grabados de todo tipo desde tiempos prehistóricos y, por lo tanto, sin ninguna relación probable con simbolismos cristianos, incluso en el caso de las estelas medievales. Su significado primitivo es desconocido. No obstante, hay que creer que detrás de la X meramente decorativa existe algo más que una simple incógnita en estas estelas vascas así como en las estelas gigantes de Cantabria con sus arcos en forma de aspa.

Hay estelas singulares que además de pertenecer a la misteriosa familia de las estelas discoidales, y de ser enigmáticas en sí mismas, son únicas y de difícil adscripción dentro de los diferentes estilos en que podemos clasificar las estelas de Euskal Herria. Pueden ser residuos lejanos de originales estelas autóctonas, improvisaciones de artesanos visionarios o códigos ocultos de predicadores esotéricos. Son enigmas a resolver.


Estelas con enigma (2006-2011). Pedro Zarrabeitia


lunes, 2 de junio de 2014

Estelas Discoidales Vascas. 13 - Los animales


Estelas de Santa Grazi (2006). Pedro Zarrabeitia


Hace más de 10.000 años, el simbolismo mágico o protector que atribuían nuestros antepasados a las representaciones de determinados animales de su entorno, quedó admirablemente plasmado en las pinturas rupestres de las cuevas de Santimamiñe, Ekain, Isturits, etc.

Estos dibujos sobre piedra en los lugares más profundos de las cavernas donde habitaban, formaban, al parecer, parte de sus ritos funerarios y de las plegarias a sus dioses, pidiendo ayuda para asegurarse los medios de subsistencia y protección para el espíritu de sus muertos, en su viaje por la otra vida.

Pasaron los siglos, mejoraron las condiciones climáticas y el hombre abandonó las cuevas como lugares de vivienda y de enterramiento. Quizá siguieron pintando sus animales de rito y cacería sobre el suelo o en los árboles, en las piedras o en los huesos, pero no han quedado restos de tales manifestaciones.

En algún momento de la II Edad de Hierro –siglos V al I a. C.– aparece por estas tierras una nueva representación animal con las mismas apariencias de símbolo protector, mágico o funerario. Es el ídolo de Mikeldi, encontrado en Iurreta, a no más de 20 Km. de uno de aquellos primitivos santuarios.

Única en su estilo en Euskal Herria, esta escultura está emparentada con las más de 300 con forma de toros o verracos repartidas por la Península Ibérica, especialmente en Ávila y Salamanca. Se distingue de todas ellas por una especial singularidad: tiene un disco de piedra entre las patas. ¿Podría ser un precedente de la estela discoidal, como símbolo representativo de las creencias astrales de nuestros antepasados?. Lo cierto es que a partir de esa época empiezan a aparecer por estas tierras las primeras estelas funerarias con forma de disco.

Las estelas discoidales de comienzos de nuestra Era presentan decoraciones muy esquemáticas de simbología astral, normalmente con formas geométricas sencillas, que perdurarán durante toda la vida de las estelas. La representación de animales, aparecerá con frecuencia en las estelas tabulares de inspiración romana de la misma época, pero no se dará en las discoidales hasta muchos siglos después, cuando la religión cristiana se extienda por Euskal Herria, incorporando la iconografía propia de las nuevas creencias a los ritos funerarios.

La representación de animales es muy rica en la simbología cristiana. El cordero, el león, el toro, el pez, la serpiente y un buen número de aves, están presentes en su imaginería desde los primeros tiempos del cristianismo, cuando la transmisión  del mensaje por medio de imágenes simbólicas era más eficaz, universal e incluso menos peligrosa que el uso de la palabra escrita. Los animales de todo tipo, utilizados en la decoración de las iglesias medievales, pudieron ser muchas veces inspiración para la ornamentación de las estelas, aunque también se podría decir que en algunas de ellas no está muy clara su relación con la simbología cristiana, atribuyéndose quizá su empleo a antiguas costumbres o supersticiones populares. Vamos a ver en las páginas siguientes tres apartados con una muestra de las representaciones que más se repiten: las aves, el cordero místico y otros animales.

Agnus Dei

El cordero es uno de los símbolos más antiguos de representación de Jesucristo en los primeros tiempos del cristianismo, como animal puro e inocente sacrificado por la salvación de los hombres. Anunciado desde la antigüedad por los profetas de Israel, se manifiesta expresamente como tal imagen en los textos evangélicos y en el Apocalipsis.
“Al día siguiente, vio venir a Jesús y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo” (Juan 1,29).
”La ciudad no había menester de sol ni de luna que la iluminasen, porque la gloria de Dios la iluminaba y su lumbrera era el Cordero” (Apocalipsis 21,2-23).
Llama la atención la inclusión del cordero en la decoración de estas estelas discoidales en épocas -siglo XVI o XVII- en que la representación de Cristo sobre la cruz estaba plenamente extendida en la iconografía cristiana y la utilización de sus imágenes simbólicas ya no era necesaria. Sorprende también el hecho de que la aparición de estas estelas se dé en una zona  tan puntual de Zuberoa (v. Mapa del Cap. 10), exceptuando la estela de Itzaltzu en Nafarroa, a la que por su parecido incluimos entre los corderos místicos, pero que figura sin cruz. Son imágenes algo diferentes del agnus dei que podemos ver en los abundantes testimonios de la iconografía medieval, como los medallones de las bóvedas del monasterio de Irantzu, en los que el cordero sostiene con una de sus patas un banderín con el signo de la cruz.

Las aves

Las aves son los animales que más se representan en el mundo de las estelas vascas. Su capacidad para volar, velocidad y ligereza, sus diferentes colores, su canto, las hacen fácilmente asociables a actitudes y cualidades humanas como la libertad, rapidez, astucia, vista, belleza, etc., y por ello son utilizadas como símbolos en la mitología de todas las religiones. También se hallan muy presentes en la mente popular a través de viejas costumbres y creencias, así como en las historias de fábulas, leyendas y cuentos infantiles: el cuervo, la lechuza, el búho, el cuco, la urraca, el ruiseñor, el cisne, la golondrina, etc.

En las casas antiguas de Iparralde se pueden ver diversos animales en los dinteles decorados de las entradas, donde abundan los pájaros picoteando las uvas de las parras, como imagen de prosperidad.

En la simbología cristiana, y directamente relacionadas con los ritos funerarios, varias aves son especialmente significativas:

La paloma, como símbolo de paz y de inocencia, que trajo al Arca de Noé la rama de olivo al terminar el diluvio. Representa al Espíritu Santo.
El águila, representa a Cristo como fuente de salvación. Es símbolo del Bautismo y también el emblema de San Juan Evangelista.
El pavo real es en el arte cristiano símbolo de la resurrección de Cristo.
El gallo, símbolo de la vigilia, anunciador del nuevo día, de la nueva vida.

Otros animales

        La decoración de estelas con otro tipo de animales se aleja del canon tradicional de las estelas de Euskal Herria. No hay  signos cristianos, ni dibujos astrales, ni geometría, ni simetría, con una aparente distribución errática de los elementos decorativos dentro del círculo y con un significado más descriptivo que simbólico. Es el caso de las estelas de Irulegi y de Suhuskune donde se describen actividades de labranza o de caza.


Estelas de Alkaine (L), Jatsu (L), Itzaltzu (N), Irulegi (NB) 2006-2009. Pedro Zarrabeitia



sábado, 31 de mayo de 2014

Estelas Discoidales Vascas. 12 - La figura humana


11 - La figura humana

La reproducción de la figura humana en la estela discoidal vasca es escasa (menos del 2% del total) y casi siempre enigmática o cuando menos de difícil interpretación. Las representaciones humanas, frecuentes en las lápidas de influencia romana de principios de nuestra Era, no se trasladaron a la iconografía de las estelas autóctonas con la llegada del cristianismo, como así lo hicieron otras decoraciones astrales, debido probablemente al aniconismo del Antiguo Testamento, adoptado por los primeros cristianos, que rechazaba cualquier representación de Dios u otros personajes por su posible aproximación a la adoración de falsos ídolos. 
Este rechazo de las imágenes, sustituidas por los signos, se prolongó durante los primeros siglos del cristianismo y se ratificó con el ”Deus adsconditus, invisibilis” del Concilio de Elvira de principios del siglo IV: “No debe haber imágenes en la iglesia y menos que sean adoradas e idolatradas en las paredes”. Posteriormente, en el II Concilio de Nicea del siglo VIII, la Iglesia reconsideró dicha postura, al condenar a los iconoclastas bizantinos y definió que ”a semejanza de la representación de la cruz preciosa y vivificante, del mismo modo las venerables y santas imágenes, tanto pintadas como realizadas en mosaico o en cualquier otro material apto, sean expuestas y honradas”. 
No tuvo mucho efecto este canon conciliar en los simbolismos o motivos decorativos de las estelas vascas, que hasta entrada la Edad Media se limitaron a reproducir cruces y otros temas geométricos astrales o florales esquemáticos, tomados del románico imperante o de las estelas primitivas, sin adoptar la revolución que supuso la incorporación de la imaginería cristiana plena de personajes divinos y humanos. 
Llama la atención el hecho de que no aparezcan escenas clásicas del cristianismo como la Virgen con el Niño u otros santos, a los que se consideraba intercesores ante Dios para la salvación de los difuntos, algo adecuado para un monumento funerario. Al parecer la estela no era un soporte pensado para transmitir a los fieles el mensaje evangélico, como así lo fueron los relieves de portadas y capiteles de las iglesias medievales. Por lo general era suficiente la presencia de la cruz junto a otros signos protectores para pedir una oración y  ahuyentar al demonio, que era lo más importante. 
Las pocas figuras que aparecen son muy simples y esquemáticas, como anuncios de un cartel. Más que descripciones de personas son representaciones de prototipos: el cazador, el ama de llaves, el caballero, el pelotari. Es decir, lo mismo que se quería transmitir en otras estelas con los instrumentos de los diferentes oficios. La finalidad de la estela no era, en la mayoría de estos casos, descriptiva, sino informativa y conmemorativa. De todas formas, dada la dificultad de esculpir figuras especialmente difíciles, como las humanas, su inclusión en el grabado de la piedra se hacía costosa y complicada y no fue por ello muy abundante, desapareciendo casi definitivamente cuando en el siglo XVI se incorporó la escritura a la decoración de las estelas y las personas fallecidas se identificaron para la posteridad con su nombre y apellido o el de la casa a la que pertenecían.


La cantidad de estelas discoidales vascas con figuras humanas es reducida (del orden de cincuenta), pero su interés y atractivo son indudables. Todas ellas son singulares y de difícil interpretación. Así la famosa estela de camino o "cruz de Bereteretxe", que rememora el asesinato del joven de Zuberoa; las mujeres danzantes de las estelas de Lexantzu y Ligi‑Atherei, que recuerdan a la misteriosa dama con el sol o la rueda en la mano de la cruz de Aiñarbe; el cazador de la estela de Suhuskune; el “hombre universal” de Lakarri; las piernas giratorias de Santacara; las caras de Azkaine; el caballero de la cruz al pecho de Leintz-Gatzaga; el crucificado sin cruz con la Virgen y San Juan bajo sus brazos de la estela de Orotz‑Betelu; los “retratos” de personajes singulares de Sangotza, Abaurregaina, Irantzu, Goñi, Orotz-Betelu, Arriano, Itzaltzu y Aurizberri; la mano de la estela de Elorrio; los increíbles, casi grotescos, Cristos de las cruces de Aintzille y de la estela de Erango … 

jueves, 29 de mayo de 2014

Estelas Discoidales Vascas. 11 - Los Oficios


Los Oficios (Dibujos) (2006-2009). Pedro Zarrabeitia


Durante la Edad Media en Navarra y en siglos posteriores en Iparralde, especialmente en medios rurales, se ha dado la decoración de las estelas funerarias con útiles y herramientas de trabajo, como arados, tijeras, martillos, hachas, incluso armas, que desde siempre los etnólogos han asociado con los oficios de las personas allí enterradas. Como todo lo relacionado con las estelas discoidales, también esa identificación de los difuntos con los instrumentos que aparecen en las ellas, plantea múltiples preguntas. El instrumento dibujado, ¿representa a la persona, al gremio al que pertenece o es un símbolo más genérico cuyo significado se nos escapa? ¿Con qué fin se distingue a un difunto por una herramienta tan popular, por ejemplo, como una azada, si ese útil es empleado por el 90% del pueblo, incluso por las mujeres? Podía ser explicable tal identificación en el caso de un personaje destacado en el oficio, como un cantero famoso o un soldado distinguido, o bien por tratarse de oficios únicos como el herrero o el molinero del pueblo. Algunos estudiosos del tema han sugerido que la representación en las estelas funerarias de las herramientas que ha usado el difunto a lo largo de su vida, viene a ser una especie de recuerdo atávico de las ofrendas y utensilios que se incluían en los enterramientos en la antigüedad, para acompañar al difunto en su viaje al otro mundo.

La mayoría de las herramientas representadas corresponden a trabajos del campo, algo natural tratándose de pequeñas poblaciones dedicadas a la agricultura y la ganadería. Sin embargo de las decenas de oficios que se pueden dar en ese entorno sólo unos pocos tienen su representación en la iconografía funeraria.

Estela de Ospitale-pia (Z) (2006). Pedro Zarrabeitia

        Arados, podaderas, martillos, hachas y azadas, parecen acaparar el trabajo de los canteros a la hora de decorar las sepulturas. Todos los demás, o bien  se consideraban incluidos en éstos, como si fuesen distintivos de unos códigos determinados, o bien los primeros, debido a su mayor abundancia, son los que estadísticamente han ido apareciendo al paso de los siglos. ¿Dónde están representados los músicos, que tan a menudo aparecen en al imaginería de las iglesias, y los caldereros, mercaderes, escribanos, plateros, pastores, arrieros, alfareros, alguaciles, panaderos, etc. etc.? Algo similar ocurre con los oficios de mujeres, pues sólo encontramos en las estelas llaves y útiles de coser o hilar. ¿No había más oficios que los de hilandera o cuidadora de la iglesia, o estamos ante una representación simbólica del personaje femenino, del ama de casa? ¿Por qué en Navarra no se representa ningún útil específico de mujer? ¿Por qué no se generalizó esta costumbre a la mayoría de las estelas de la época, limitándose a un pequeño tanto por ciento? ¿Cómo es que no se extendió por el resto de Euskal Herria, estando, en cambio, presente en Portugal, donde abundan las estelas con decoraciones muy similares?

Dejando estas preguntas para los investigadores, lo que es interesante  destacar es que la incorporación de esta iconografía de diversos oficios en la decoración de las estelas, enriqueció sus dibujos y junto a las simplificaciones y variaciones de los monogramas de Jesús y María y al estilizado de algunas figuras humanas y de animales, contribuyó al desarrollo de un lenguaje esquemático de transmisión gráfica de conceptos, que con el paso de los años, y salvando las distancias, puede verse reflejado en los logotipos y mensajes publicitarios de hoy en día.

martes, 27 de mayo de 2014

Estelas Discoidales Vascas. 10 - Nombres y Fechas


Estelas de mujeres del siglo XVII (2004-2009). Pedro Zarrabeitia


A partir del siglo XVI la decoración de las estelas discoidales en Euskal Herria experimentó un profundo cambio, con la incorporación de los nombres y las fechas, a medida que el pueblo llano se fue alfabetizando. Hasta entonces la inscripción de textos, tan común en las estelas de influencia romana de los primeros siglos de nuestra Era, no se había continuado en las estelas autóctonas en los siglos posteriores, salvo en algunos ejemplares aislados de la época visigótica con inscripciones también en latín.

Esta evolución se produjo en los territorios de Lapurdi, Nafarroa Beherea y Zuberoa, contribuyendo al gran desarrollo de las estelas discoidales en esa zona, durante los siglos XVI, XVII y XVIII. En los demás territorios, especialmente en Araba, Bizkaia y Gipuzkoa, las sepulturas con estelas habían desaparecido siglos antes y en Nafarroa coincidió en el tiempo con el cambio de costumbres funerarias y los enterramientos en el interior de las iglesias, lo que supuso perder el notable impulso que significó para las estelas la introducción de textos, que por otro lado se utilizó en las losas sepulcrales y en los dinteles de las casas y que más tarde se recuperó, aunque con poca fuerza, en algunas estelas tardías del siglo XIX.

La incorporación de letras y fechas en las estelas facilitó en gran medida la intencionalidad y el mensaje a trasmitir en la cabecera de las tumbas. Por un lado, la protección contra el demonio o los malos espíritus, que hasta entonces se había buscado con la presencia de la cruz y los ancestrales signos astrológicos, quedó reforzada con la incorporación de los nombres y monogramas de Jesús y María.

Por otro lado, la identificación de la estela con el nombre del difunto o de su casa, permitió organizar mejor los cementerios y dio más valor y perdurabilidad a los monumentos, en su cometido de recuerdo y lugar de oración. Finalmente, la dificultad de incluir nombres y fechas en el espacio limitado del disco obligó a los artesanos a distribuir los motivos en nuevas combinaciones. Así, los pies fueron agrandándose en forma trapezoidal y las orlas se llenaron de inscripciones al estilo de las monedas de la época.

Las representaciones de instrumentos de los oficios no eran ya necesarias para la identificación del difunto y pasaron a significar un complemento de su personalidad o referencia del gremio, a la manera de un sello decorativo. Todo ello condujo a elevar el nivel artístico de los diseñadores y la calidad técnica de los canteros. Las estelas ganaron en complejidad, información, armonía y belleza.

El proceso se inició probablemente con los monogramas de Jesús y María acompañando a la cruz, de acuerdo con las directrices del Concilio de Trento y la poderosa influencia de la Compañía de Jesús. Posteriormente se fueron incorporando las fechas, solas o junto a los monogramas, y finalmente llegó la aceptación definitiva de los textos, con la inclusión de los nombres de los difuntos o de sus casas. La múltiples combinaciones de los tres elementos a inscribir, monogramas, fechas y nombres, solos o acompañados, hacen difícil su selección y presentación. Por eso en este libro se dedica un capítulo exclusivamente a los monogramas, dada su abundancia y fuerza creativa, y el presente a las estelas con nombres y fechas, dispuestas en orden cronológico desde 1507 hasta 1874.

Mirando desde hoy, y aún cuando la cantidad de ejemplares con inscripciones no supera el 20% del total, podemos afirmar que la introducción del lenguaje escrito en las estelas, ha facilitado la labor de los etnólogos al situar en el tiempo estos monumentos funerarios, tan difíciles de datar para los investigadores. Ha permitido, también, constatar el uso y evolución de muchos nombres y apellidos y la convivencia de los tres idiomas utilizados en aquellos tiempos: el francés y en algún caso el castellano, como idiomas oficiales; el latín, como lenguaje culto y de la Iglesia y el euskara como idioma popular.

Finalmente, es importante destacar que la disposición y tipología de las palabras y los números, de acuerdo a unos patrones probablemente derivados de las antiguas inscripciones romanas, dio lugar a un estilo de letra de características propias, que también se utilizó a partir de entonces en las losas funerarias de la Navarra peninsular y en los dinteles de las casas. Pasó luego a las cubiertas de los libros y ha perdurado hasta nuestros días, popularizándose con el nombre de letra vasca, como una seña más de identidad del país.



Estelas con la fecha grabada (dibujos) 2011. Pedro Zarrabeitia



domingo, 25 de mayo de 2014

Estelas Discoidales Vascas. 09 - Monogramas IHS y MA


Estelas de Etxalar (N) 2008. Pedro Zarrabeitia


Durante los primeros tiempos del Cristianismo, las continuas persecuciones por parte de los emperadores romanos obligaron a los cristianos a utilizar símbolos y códigos secretos para protegerse e identificarse entre ellos. Utilizado ya en los epitafios de las primeras catacumbas de Roma, el que más ha perdurado es el Crismón, abreviatura del nombre de Cristo en griego, formada por las dos primeras letras X y P superpuestas. Su gran divulgación y aceptación como símbolo cristiano se produjo en el siglo IV a raíz de su adopción como estandarte por el emperador Constantino I, primer emperador romano convertido al Cristianismo, que lo impuso en todo el Imperio. Su versión medieval, encerrado en un círculo y con la incorporación de las letras A (Alfa), W (Omega) y S (Sigma), igualmente asociadas a Jesucristo, tuvo innumerables representaciones en las iglesias y monasterios de la época.

No obstante, su presencia en las estelas discoidales de Euskal Herria fue muy escasa, si nos atenemos a la reducida cantidad de ejemplares encontrados. Este hecho no deja de ser extraño, considerando su extensión por toda la cristiandad, especialmente en las iglesias medievales, y teniendo en cuenta la forma propia del crismón, tan fácilmente adaptable a la tipología de las estelas. Podría interpretarse que este jeroglífico de letras griegas, se hacía más difícil de entender para los primeros cristianos de estas tierras que la simple cruz de la crucifixión o el monograma de Jesús IHS, también obtenido a partir de las letras griegas de su nombre, pero fácilmente latinizadas y traducidas por el “Jesús Hombre Salvador”.

De hecho el signo cristiano que prevaleció durante la Edad Media en las estelas vascas, período casi exclusivamente circunscrito al reino de Navarra, fue la cruz con sus múltiples variaciones, como hemos visto en los capítulos anteriores.  Más tarde, en el siglo XVI, llegaría la difusión extraordinaria del uso de la estela en los cementerios de Iparralde y el monograma de Jesús pasaría a ser uno de los signos más empleados en las decoraciones funerarias, impulsado por dos grandes santos amantes del nombre de Jesús como San Bernardino de Siena, predicador franciscano del siglo XV, que lo mostraba en su báculo en los sermones y, especialmente, San Ignacio de Loyola que lo utilizó como sello personal y emblema de la Compañía de Jesús.

Las primeras versiones del monograma IHS aparecen en las estelas vascas durante el siglo XVI, al principio en su forma más simple, las tres letras en minúscula en un cuadrante de la estela, para después pasar a ocupar el centro del disco y adquirir el protagonismo definitivo de su decoración a lo largo del siglo XVII, en lo que se podría considerar como una de las más curiosas e interesantes muestras de la evolución de un símbolo gráfico en la historia del arte.

Con sus mil variaciones, adornos y deformaciones, los canteros vascos demostraron su gran habilidad para no repetirse y su cualidad, bien demostrada en el mundo de las estelas, para obtener expresiones artísticas de los motivos más comunes. En estas estelas del monograma podemos ver influencias de todos los estilos que se manifiestan a través de múltiples combinaciones, oscilando entre las ornamentaciones más recargadas hasta el esquematismo casi abstracto de muchos de los dibujos.

A esta riqueza de las expresiones gráficas del monograma IHS contribuyó, también, la inclusión de complementos iconográficos como los tres clavos de la Crucifixión, el corazón de Jesús, la corona radiante, las letras alfa y omega y sobre todo el monograma MA del nombre de María, con los que se consiguieron combinaciones de una gran originalidad y belleza.

El nombre de Jesús

Los primeros  monogramas de Jesús y María en las estelas vascas fueron en letras minúsculas y subordinadas a la cruz central. Posteriormente la tilde de abreviatura se incorporó a la h del IHS, formando la cruz y pasó a constituir la decoración principal del disco. A partir de ahí, las variaciones en todos los estilos fueron incontables, enriqueciendo el diseño original con todo tipo de elementos astrales, vegetales y filigranas, e incluyendo motivos inusuales, como el crucificado de la estela de Arrangoitze o abstracciones como las de Izize y Maule.

Conviene señalar que los canteros del lado sur de los Pirineos, en los valles del norte de Navarra, que quizá trabajaban a ambos lados de la “muga”, formaron parte de este despliegue ornamental del monograma IHS, incorporándolo en las losas de las tumbas y en las portadas de las casas, cuando ya las estelas habían desaparecido de los cementerios.

Con la implantación del monograma de Jesús como motivo innovador en la decoración de las estelas de Iparralde del siglo XVI, se produjo un gran avance en el nivel artístico y técnico de los artesanos de la época, que, sujetos a un tema común, tuvieron que esmerarse para lograr efectos originales y no repetitivos, haciendo hincapié en la variación y calidad de los adornos acompañantes.

Especialmente importantes fueron las variaciones labortanas de este monograma (se dieron casi exclusivamente en Lapurdi), que combinando una rica ornamentación de la cenefa de la estela con el estilizado, la deformación e incluso la eliminación de alguna de las letras, consiguieron unos resultados artísticos notables. Las coronas de dientes y arcos glorifican el nombre de Jesús, así como la combinación con pequeños símbolos florales y solares. Quedan en el misterio los posibles mensajes, hoy desconocidos, de la manipulación de las letras del monograma, como la creación del símbolo geométrico parecido a un dólar, donde la letra S cobra un gran protagonismo, representando a veces a una serpiente y consiguiendo resultados plenos de equilibrio y modernidad. La incorporación del monograma del nombre de María MA y de las letras alfa y omega añadió más complejidad a las combinaciones.

Alfa y omega

La inclusión de las letras alfa y omega del Apocalipsis en la iconografía cristiana se dio desde los primeros tiempos del Cristianismo, tanto solas como añadidas al monograma de Cristo en el crismón, o colgadas de los brazos de la cruz al estilo visigótico, como vemos en uno de los sarcófagos de Argiñeta, en este caso en orden invertido por su carácter de epitafio funerario. En las estelas vascas de Iparralde su presencia fue muy escasa pero de singular originalidad y belleza, como puede apreciarse en el ejemplar de Arhantsusi, con las dos letras superpuestas, ejemplar único entre nuestras estelas, así como en las cuatro estelas incluidas en el libro, donde las letras alfa y omega envuelven al monograma IHS estilizado que hemos visto en las páginas anteriores, en un ejercicio de síntesis y equilibrio que viene a ser la quintaesencia de la estela discoidal vasca de ese período.